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Mariano Riquelme: el nombre que late en Ferro
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Mariano Riquelme: el nombre que late en Ferro

POR GUSTAVO GOMEZ

Por REDACCIÓN SUPERDEPOR

El 4 de enero no es una fecha más en la historia del Club Ferrocarril Patagónico. Es el día en que la memoria vuelve a caminar despacio por los pasillos del gimnasio, ese que hoy lleva un nombre que no fue elegido por azar, sino por gratitud.

Mariano Riquelme nació en Puerto Madryn el 12 de noviembre de 1938, en el seno de una familia trabajadora, austera, de esas que aprendieron temprano que el esfuerzo no se declama, se ejerce. Hijo de Sandalio y Juana, creció entre sacrificios, jornadas largas y manos curtidas. La escuela fue breve; la vida, en cambio, fue una maestra severa pero justa.

Fue albañil, fue peón rural en campos ajenos, donde el horizonte era tan amplio como solitaria la tarea. Hasta que el fútbol apareció como una de esas oportunidades que no se buscan, pero cambian destinos. Alguien lo vio jugar, alguien confió en ese físico recio y en esa serenidad que no necesitaba palabras. Así llegó al Club Ferrocarril Patagónico.

La vieja cancha frente a Prefectura fue su escenario. Tierra dura, esfuerzo silencioso y entrenamientos donde se forjaban más compromisos que gambetas. En paralelo, Mariano trabajaba en el puerto: limpiando galpones primero, como güinchero después. Incluso fue parte del equipo que izó el monumento al Indio Tehuelche en 1965, como si la vida ya le estuviera asignando una misión: levantar, sostener, construir.

En 1969 escribió una de las páginas más gloriosas del fútbol local. Ferro fue campeón de la Liga del Valle por primera y única vez. Y Mariano fue el capitán del aquel recordado equipo. Central sobrio, rústico como el fútbol de aquellos años, pero limpio, sin una mancha de violencia en su carrera. Mandón dentro de la cancha, respetado fuera de ella. El alma de un equipo humilde que se permitió soñar en grande.

Ese mismo año fundó la sodería “La Maquinita”. Los cajones, pintados de azul y rojo, no dejaban lugar a dudas: no era un negocio más, era una declaración de pertenencia.
Su vida también tuvo raíces profundas fuera del club. Junto a Elisa Montini formó una familia y crió a Marcela, Jorge y César. Fue padre como fue dirigente: firme, presente, generoso en el silencio.

En 1981 llegó a la presidencia de Ferro. Y otra vez asumió sin estridencias, con hechos. Bajo su conducción se techó el gimnasio, se construyó la cancha de pelota paleta —que luego se transformaría en una disciplina emblemática— y se tomó la decisión más difícil: dejar de competir en fútbol para salvar al club. Muchos no lo comprendieron entonces. El tiempo, como suele pasar, terminó dándole la razón. Ferro creció como institución social, plural y abierta, con una solidez que perdura hasta hoy.

Mariano era de los que hablaban poco y cumplían mucho. Amiguero, de reuniones largas y compromisos sellados con un apretón de manos. Su palabra valía más que cualquier firma.

El 4 de enero de 1985, a los 46 años, la vida lo sorprendió en la ruta, camino a Mar del Plata, junto a Ricardo Novoa y Juan Adams. El accidente detuvo su marcha, pero no su huella. Sus restos fueron velados en el gimnasio del club, ese mismo que años más tarde, por decisión de sus socios, llevaría su nombre.

Hoy, el Gimnasio Mariano Riquelme no es solo una placa. Es una idea viva. Es memoria activa. Es el eco de un hombre que entendió al club como un lugar de encuentro, de esfuerzo compartido y de futuro.
Cada pelota que rebota, cada aplauso que suena, cada chico que cruza la puerta sin saberlo, sigue caminando sobre los sueños que Mariano ayudó a construir.

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Mariano Riquelme: el nombre que late en Ferro

POR GUSTAVO GOMEZ

El 4 de enero no es una fecha más en la historia del Club Ferrocarril Patagónico. Es el día en que la memoria vuelve a caminar despacio por los pasillos del gimnasio, ese que hoy lleva un nombre que no fue elegido por azar, sino por gratitud.

Mariano Riquelme nació en Puerto Madryn el 12 de noviembre de 1938, en el seno de una familia trabajadora, austera, de esas que aprendieron temprano que el esfuerzo no se declama, se ejerce. Hijo de Sandalio y Juana, creció entre sacrificios, jornadas largas y manos curtidas. La escuela fue breve; la vida, en cambio, fue una maestra severa pero justa.

Fue albañil, fue peón rural en campos ajenos, donde el horizonte era tan amplio como solitaria la tarea. Hasta que el fútbol apareció como una de esas oportunidades que no se buscan, pero cambian destinos. Alguien lo vio jugar, alguien confió en ese físico recio y en esa serenidad que no necesitaba palabras. Así llegó al Club Ferrocarril Patagónico.

La vieja cancha frente a Prefectura fue su escenario. Tierra dura, esfuerzo silencioso y entrenamientos donde se forjaban más compromisos que gambetas. En paralelo, Mariano trabajaba en el puerto: limpiando galpones primero, como güinchero después. Incluso fue parte del equipo que izó el monumento al Indio Tehuelche en 1965, como si la vida ya le estuviera asignando una misión: levantar, sostener, construir.

En 1969 escribió una de las páginas más gloriosas del fútbol local. Ferro fue campeón de la Liga del Valle por primera y única vez. Y Mariano fue el capitán del aquel recordado equipo. Central sobrio, rústico como el fútbol de aquellos años, pero limpio, sin una mancha de violencia en su carrera. Mandón dentro de la cancha, respetado fuera de ella. El alma de un equipo humilde que se permitió soñar en grande.

Ese mismo año fundó la sodería “La Maquinita”. Los cajones, pintados de azul y rojo, no dejaban lugar a dudas: no era un negocio más, era una declaración de pertenencia.
Su vida también tuvo raíces profundas fuera del club. Junto a Elisa Montini formó una familia y crió a Marcela, Jorge y César. Fue padre como fue dirigente: firme, presente, generoso en el silencio.

En 1981 llegó a la presidencia de Ferro. Y otra vez asumió sin estridencias, con hechos. Bajo su conducción se techó el gimnasio, se construyó la cancha de pelota paleta —que luego se transformaría en una disciplina emblemática— y se tomó la decisión más difícil: dejar de competir en fútbol para salvar al club. Muchos no lo comprendieron entonces. El tiempo, como suele pasar, terminó dándole la razón. Ferro creció como institución social, plural y abierta, con una solidez que perdura hasta hoy.

Mariano era de los que hablaban poco y cumplían mucho. Amiguero, de reuniones largas y compromisos sellados con un apretón de manos. Su palabra valía más que cualquier firma.

El 4 de enero de 1985, a los 46 años, la vida lo sorprendió en la ruta, camino a Mar del Plata, junto a Ricardo Novoa y Juan Adams. El accidente detuvo su marcha, pero no su huella. Sus restos fueron velados en el gimnasio del club, ese mismo que años más tarde, por decisión de sus socios, llevaría su nombre.

Hoy, el Gimnasio Mariano Riquelme no es solo una placa. Es una idea viva. Es memoria activa. Es el eco de un hombre que entendió al club como un lugar de encuentro, de esfuerzo compartido y de futuro.
Cada pelota que rebota, cada aplauso que suena, cada chico que cruza la puerta sin saberlo, sigue caminando sobre los sueños que Mariano ayudó a construir.

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