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Brown y su viejo amor: el sueño del básquet grande
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Brown y su viejo amor: el sueño del básquet grande

POR GUSTAVO GÓMEZ.-

Por REDACCIÓN SUPERDEPOR

Los romances deportivos nunca mueren. Pueden enfriarse con los años, diluirse en la memoria, quedar opacados por otras pasiones, pero siempre hay una chispa que los reaviva. El básquet y Guillermo Brown vivieron una historia intensa, con noches de gloria y madrugadas de frustración. Fueron una pareja que supo codearse con los grandes y que, en un abrir y cerrar de ojos, quedó atrapada en el pasado. Pero el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra el camino de regreso.

Hoy, después de décadas de ausencia en el básquet nacional, Brown busca reconciliarse con su historia y volver a ocupar el lugar que alguna vez supo ganarse. Con el empresario y dirigente Pablo Texeira como su principal impulsor, el club ya no se conforma con ser un simple animador de la escena regional. La Liga Federal es el punto de partida, pero el verdadero sueño es más ambicioso: ascender a la Liga Argentina.

La ilusión está en marcha, pero para entender su verdadera dimensión es necesario mirar hacia atrás, hacia aquellos años en los que Brown fue protagonista de un básquet argentino que aún estaba en formación, cuando Puerto Madryn vibraba con la “Banda” y sus extranjeros de nombres rimbombantes.

LOS AÑOS DORADOS

La década del 80 fue una época de quiebres, de cambios radicales en el básquet argentino. Con León Najnudel como visionario, nació la Liga Nacional, un torneo pensado para federalizar el deporte y darle a los clubes del interior la posibilidad de competir de igual a igual con los históricos de Buenos Aires.

Brown, como buen pionero de su tiempo, no quiso quedarse afuera de la revolución. En 1987, el club escribió una de las páginas más gloriosas de su historia al quedar segundo en el Hexagonal Final de la Liga C, un torneo que reunía a los mejores equipos de la tercera división. Solo Quilmes de Mar del Plata lo superó, pero el premio al segundo no era menor: tenía en sus manos el ascenso a la Liga B, la segunda categoría nacional.

Ese equipo quedó inmortalizado en la memoria de los hinchas. Fabián Horvath en la base, Nelson Abrany, Juan Carlos De la Vega, José Luis Mallemaci, Miguel Bona y la dupla de extranjeros conformada por Charles Russel y Willie Bank eran los nombres que se repetían en las calles de Madryn. En cada esquina, en cada café, la conversación giraba en torno a la “Banda”, que de pronto se había convertido en el símbolo del básquet patagónico.
1988 fue el año del estreno en la Liga B, un desafío que Brown afrontó con el mismo entusiasmo que lo había llevado hasta allí. Con Carlos Spaccesi como entrenador y la llegada del imponente Booker Jones, un extranjero que se ganó el corazón de los hinchas con su capacidad goleadora, Brown empezó a codearse con equipos que soñaban con el salto a la máxima categoría.
1989 trajo cambios. Se fueron algunas piezas clave, llegaron Fabián López, Luis Di Meglio y César Rodríguez, pero esta vez el club decidió afrontar la temporada sin refuerzos extranjeros. El único que llegó fue Richard Robinson, pero su paso fue fugaz: apenas cuatro partidos antes de ser dado de baja.
Y entonces llegó 1990, el año en que todo cambió. 
El destino es caprichoso y a veces se ensaña con los que se animan a soñar. Brown había armado un equipo con grandes expectativas, con la ilusión de pelear el ascenso. Gastón Zagrodny tomó la conducción en la base, llegó Sergio Pettorosso como pivot de Liga A, y Eddie Roberson, un extranjero que había brillado en Deportivo Madryn, aterrizó en el equipo para ser la gran figura.
Pero la historia no siempre respeta los libretos.
El equipo no cumplió las expectativas. Brown no solo no peleó arriba, sino que descendió a la Liga C en una de las temporadas más tristes de su historia. El sueño se rompió en mil pedazos y, con el tiempo, aquellos restos fueron quedando cada vez más lejos, cada vez más dispersos, hasta que solo quedaron los recuerdos de lo que alguna vez fue.

Hubo intentos de regreso en los años 90, pero sin la fuerza necesaria, sin el presupuesto que exige el básquet profesional. Así, Brown se fue alejando, como una estrella que alguna vez brilló y que ahora apenas titilaba en el cielo patagónico.

PRESENTE

Pero el básquet, como el amor verdadero, nunca muere. Puede estar dormido, latente, esperando el momento justo para volver a nacer. Y ese momento parece haber llegado.
De la mano de Pablo Texeira, el básquet de Brown ha comenzado un proceso ordenado, serio y con ambición. No se trata de una aventura ni de una ilusión pasajera. Hay un proyecto, hay una estructura y hay un objetivo claro: volver a las principales categorías del básquet nacional.

Este 2025, Brown competirá en la Liga Federal, la tercera división del básquet argentino. Es un torneo difícil, con viajes largos y canchas hostiles, pero la “Banda” lo afrontará con el mismo espíritu que tuvo en sus mejores años. El objetivo es el ascenso.

El básquet de Brown está de regreso. Puerto Madryn vuelve a ilusionarse, los viejos hinchas desempolvan los recuerdos y los más jóvenes comienzan a descubrir una historia que parecía olvidada.
El amor entre Brown y el básquet nunca murió. Solo estaba esperando su momento. Y ese momento, después de tantos años, ha vuelto a llegar.

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Brown y su viejo amor: el sueño del básquet grande

POR GUSTAVO GÓMEZ.-

Los romances deportivos nunca mueren. Pueden enfriarse con los años, diluirse en la memoria, quedar opacados por otras pasiones, pero siempre hay una chispa que los reaviva. El básquet y Guillermo Brown vivieron una historia intensa, con noches de gloria y madrugadas de frustración. Fueron una pareja que supo codearse con los grandes y que, en un abrir y cerrar de ojos, quedó atrapada en el pasado. Pero el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra el camino de regreso.

Hoy, después de décadas de ausencia en el básquet nacional, Brown busca reconciliarse con su historia y volver a ocupar el lugar que alguna vez supo ganarse. Con el empresario y dirigente Pablo Texeira como su principal impulsor, el club ya no se conforma con ser un simple animador de la escena regional. La Liga Federal es el punto de partida, pero el verdadero sueño es más ambicioso: ascender a la Liga Argentina.

La ilusión está en marcha, pero para entender su verdadera dimensión es necesario mirar hacia atrás, hacia aquellos años en los que Brown fue protagonista de un básquet argentino que aún estaba en formación, cuando Puerto Madryn vibraba con la “Banda” y sus extranjeros de nombres rimbombantes.

LOS AÑOS DORADOS

La década del 80 fue una época de quiebres, de cambios radicales en el básquet argentino. Con León Najnudel como visionario, nació la Liga Nacional, un torneo pensado para federalizar el deporte y darle a los clubes del interior la posibilidad de competir de igual a igual con los históricos de Buenos Aires.

Brown, como buen pionero de su tiempo, no quiso quedarse afuera de la revolución. En 1987, el club escribió una de las páginas más gloriosas de su historia al quedar segundo en el Hexagonal Final de la Liga C, un torneo que reunía a los mejores equipos de la tercera división. Solo Quilmes de Mar del Plata lo superó, pero el premio al segundo no era menor: tenía en sus manos el ascenso a la Liga B, la segunda categoría nacional.

Ese equipo quedó inmortalizado en la memoria de los hinchas. Fabián Horvath en la base, Nelson Abrany, Juan Carlos De la Vega, José Luis Mallemaci, Miguel Bona y la dupla de extranjeros conformada por Charles Russel y Willie Bank eran los nombres que se repetían en las calles de Madryn. En cada esquina, en cada café, la conversación giraba en torno a la “Banda”, que de pronto se había convertido en el símbolo del básquet patagónico.
1988 fue el año del estreno en la Liga B, un desafío que Brown afrontó con el mismo entusiasmo que lo había llevado hasta allí. Con Carlos Spaccesi como entrenador y la llegada del imponente Booker Jones, un extranjero que se ganó el corazón de los hinchas con su capacidad goleadora, Brown empezó a codearse con equipos que soñaban con el salto a la máxima categoría.
1989 trajo cambios. Se fueron algunas piezas clave, llegaron Fabián López, Luis Di Meglio y César Rodríguez, pero esta vez el club decidió afrontar la temporada sin refuerzos extranjeros. El único que llegó fue Richard Robinson, pero su paso fue fugaz: apenas cuatro partidos antes de ser dado de baja.
Y entonces llegó 1990, el año en que todo cambió. 
El destino es caprichoso y a veces se ensaña con los que se animan a soñar. Brown había armado un equipo con grandes expectativas, con la ilusión de pelear el ascenso. Gastón Zagrodny tomó la conducción en la base, llegó Sergio Pettorosso como pivot de Liga A, y Eddie Roberson, un extranjero que había brillado en Deportivo Madryn, aterrizó en el equipo para ser la gran figura.
Pero la historia no siempre respeta los libretos.
El equipo no cumplió las expectativas. Brown no solo no peleó arriba, sino que descendió a la Liga C en una de las temporadas más tristes de su historia. El sueño se rompió en mil pedazos y, con el tiempo, aquellos restos fueron quedando cada vez más lejos, cada vez más dispersos, hasta que solo quedaron los recuerdos de lo que alguna vez fue.

Hubo intentos de regreso en los años 90, pero sin la fuerza necesaria, sin el presupuesto que exige el básquet profesional. Así, Brown se fue alejando, como una estrella que alguna vez brilló y que ahora apenas titilaba en el cielo patagónico.

PRESENTE

Pero el básquet, como el amor verdadero, nunca muere. Puede estar dormido, latente, esperando el momento justo para volver a nacer. Y ese momento parece haber llegado.
De la mano de Pablo Texeira, el básquet de Brown ha comenzado un proceso ordenado, serio y con ambición. No se trata de una aventura ni de una ilusión pasajera. Hay un proyecto, hay una estructura y hay un objetivo claro: volver a las principales categorías del básquet nacional.

Este 2025, Brown competirá en la Liga Federal, la tercera división del básquet argentino. Es un torneo difícil, con viajes largos y canchas hostiles, pero la “Banda” lo afrontará con el mismo espíritu que tuvo en sus mejores años. El objetivo es el ascenso.

El básquet de Brown está de regreso. Puerto Madryn vuelve a ilusionarse, los viejos hinchas desempolvan los recuerdos y los más jóvenes comienzan a descubrir una historia que parecía olvidada.
El amor entre Brown y el básquet nunca murió. Solo estaba esperando su momento. Y ese momento, después de tantos años, ha vuelto a llegar.

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