Brown, campeón de una final que ya forma parte de la historia
POR GUSTAVO GOMEZ
POR GUSTAVO GOMEZ
| Por REDACCIÓN SUPERDEPOR |
Guillermo Brown volvió a escribir una página grande en la historia del básquet de la ABECh. Le ganó a Huracán de Trelew por 85 a 69 en el cuarto juego de la serie final y se consagró campeón del torneo “Eddie Roberson”. La Banda sumó así el título número 44 de su historia y reafirmó, una vez más, su condición de club más ganador del básquet zonal.
Pero este campeonato no será recordado solamente por el número que quedó grabado en la estadística. Será recordado por todo lo que ocurrió antes de que Brown pudiera levantar la copa. Por las discusiones, las protestas, las resoluciones, las postergaciones y una definición que, por momentos, pareció no encontrar nunca su destino. El torneo se hizo eterno. Y quizás por eso mismo, cuando finalmente terminó, tuvo un sabor todavía más especial.
Fue una final dentro de otra final. Una serie que llegó cargada de historia y que terminó siendo el capítulo deportivo de un campeonato que probablemente quede registrado como el más polémico en los 72 años de la ABECh.
Y, paradójicamente, tanta demora no consiguió quitarle emoción. Se la agregó.
EL PEOR COMIENZO
Brown comenzó la serie de la peor manera posible. El primer partido fue, probablemente, su noche más floja de todo el campeonato. La defensa hizo agua por todos lados, los porcentajes no acompañaron y los jugadores de mayor experiencia no encontraron la manera de imponer su jerarquía. Huracán aprovechó cada grieta, jugó mejor y golpeó fuerte.
Parecía un comienzo demasiado contundente como para no dejar consecuencias.
Pero Brown aprendió.
El segundo partido fue otra historia. No porque haya jugado una maravilla, sino porque entendió que las finales también se ganan cuando las cosas no salen bien. Estuvo cerca de perderlo. Muy cerca. Hasta que apareció aquel triple de Joaquín Otier sobre la bocina, ese lanzamiento que cambió el rumbo de la serie y que, visto con el diario del lunes, terminó siendo mucho más que una pelota que entró.
Fue una vida extra.
Huracán tenía el triunfo en el bolsillo y se le escapó de manera increíble. El impacto fue enorme. Porque una cosa es ganarle a Brown. Otra muy distinta es tenerlo contra las cuerdas y dejarlo escapar.
Desde allí, la serie cambió.

LA MISTICA DEL CAMPEÓN
En el tercer partido, Brown recuperó el juego perdido en casa, y lo hizo de la manera más contundente: jugando como un equipo que había entendido definitivamente qué final quería jugar. En Trelew, además, consiguió algo que parecía reservado para una noche especial: cortó el invicto de 28 partidos que Huracán acumulaba en su cancha.
Y entonces llegó el cuarto. Ya no hubo lugar para las dudas.
Brown fue superior, manejó los tiempos, encontró respuestas y terminó imponiendo una diferencia que refleja mucho más que un resultado. El 85-69 fue la confirmación de que aquella Banda que había quedado golpeada después del primer partido había conseguido reconstruirse desde adentro.
Eso, quizás, sea lo más valioso de este campeonato.
Brown no fue campeón porque haya tenido un camino sencillo. Fue campeón porque supo atravesar los momentos difíciles.
Tuvo temple para recuperarse del golpe del primer partido. Tuvo coraje para levantar un segundo juego que parecía perdido. Tuvo inteligencia para entender cómo debía jugar el tercer partido y recuperar la localía. Y tuvo personalidad para cerrar la serie cuando finalmente tuvo la oportunidad.
También tuvo hombres. Fabián Sahdí fue el conductor, el estratega, el diferente. El jugador capaz de entender dónde estaba el partido y llevarlo hacia allí.
Augusto Rossi dejó por momentos de lado su condición de goleador para ponerse el overol. Hizo lo que el equipo necesitaba: pausa, sacrificio, rebotes, entrega. Porque también hay grandes actuaciones que no aparecen reflejadas en una planilla.
Lautaro García volvió a ser ese jugador confiable que aparece en todos los casilleros. Sin necesidad de estridencias, mejoró sus números en la serie y aportó siempre. De esos jugadores que quizá no protagonizan todos los titulares, pero que terminan siendo imprescindibles para ganar un campeonato.
Joaquín Otier aportó la frescura. La juventud. La potencia. Y, sobre todo, una sangre fría que ya había dado una señal en aquel segundo partido y que terminó siendo uno de los símbolos de esta consagración.
Matías Ciuffo hizo lo suyo desde un lugar menos visible. De esos jugadores que parecen esperar en las sombras hasta que el equipo los necesita. Y cuando llega ese momento, están. Y detrás de todos ellos, Marcelo Richotti.
Una década ligada a la institución, una trayectoria enorme y una historia que ahora incorpora una página que le faltaba. Su primer campeonato al frente de Brown. Se lo merecía.
Hay títulos que se ganan con talento. Otros, con experiencia. Algunos, con una pelota que entra sobre la bocina. Y hay campeonatos que se ganan con todo eso junto, pero fundamentalmente con la capacidad de sobrevivir.
Este fue uno de esos. Guillermo Brown levantó la copa número 44 en la historia de la ABECh. La misma institución que durante décadas construyó una identidad alrededor del básquet volvió a demostrar por qué es el club más ganador de la competencia.
Lo hizo en una final interminable, en un torneo atravesado por polémicas y en una serie que parecía tener siempre una historia nueva para contar.
Por eso, cuando dentro de algunos años se recuerde el torneo “Eddie Roberson”, seguramente aparecerán las sombras de las discusiones, las protestas y las postergaciones. Pero, por encima de todo, quedará una imagen. La de Guillermo Brown campeón.
|
Compartir en facebook
|
Compartir en X
|
Compartir en whatsapp
|
SUPERDEPOR no se responsabiliza por los comentarios vertidos por sus lectores. Y se reserva el derecho de bloquear y o eliminar aquellos que contengan mensajes con contenido xenófobo, racista, y o discriminatorios.
POR GUSTAVO GOMEZ
Guillermo Brown volvió a escribir una página grande en la historia del básquet de la ABECh. Le ganó a Huracán de Trelew por 85 a 69 en el cuarto juego de la serie final y se consagró campeón del torneo “Eddie Roberson”. La Banda sumó así el título número 44 de su historia y reafirmó, una vez más, su condición de club más ganador del básquet zonal.
Pero este campeonato no será recordado solamente por el número que quedó grabado en la estadística. Será recordado por todo lo que ocurrió antes de que Brown pudiera levantar la copa. Por las discusiones, las protestas, las resoluciones, las postergaciones y una definición que, por momentos, pareció no encontrar nunca su destino. El torneo se hizo eterno. Y quizás por eso mismo, cuando finalmente terminó, tuvo un sabor todavía más especial.
Fue una final dentro de otra final. Una serie que llegó cargada de historia y que terminó siendo el capítulo deportivo de un campeonato que probablemente quede registrado como el más polémico en los 72 años de la ABECh.
Y, paradójicamente, tanta demora no consiguió quitarle emoción. Se la agregó.
EL PEOR COMIENZO
Brown comenzó la serie de la peor manera posible. El primer partido fue, probablemente, su noche más floja de todo el campeonato. La defensa hizo agua por todos lados, los porcentajes no acompañaron y los jugadores de mayor experiencia no encontraron la manera de imponer su jerarquía. Huracán aprovechó cada grieta, jugó mejor y golpeó fuerte.
Parecía un comienzo demasiado contundente como para no dejar consecuencias.
Pero Brown aprendió.
El segundo partido fue otra historia. No porque haya jugado una maravilla, sino porque entendió que las finales también se ganan cuando las cosas no salen bien. Estuvo cerca de perderlo. Muy cerca. Hasta que apareció aquel triple de Joaquín Otier sobre la bocina, ese lanzamiento que cambió el rumbo de la serie y que, visto con el diario del lunes, terminó siendo mucho más que una pelota que entró.
Fue una vida extra.
Huracán tenía el triunfo en el bolsillo y se le escapó de manera increíble. El impacto fue enorme. Porque una cosa es ganarle a Brown. Otra muy distinta es tenerlo contra las cuerdas y dejarlo escapar.
Desde allí, la serie cambió.

LA MISTICA DEL CAMPEÓN
En el tercer partido, Brown recuperó el juego perdido en casa, y lo hizo de la manera más contundente: jugando como un equipo que había entendido definitivamente qué final quería jugar. En Trelew, además, consiguió algo que parecía reservado para una noche especial: cortó el invicto de 28 partidos que Huracán acumulaba en su cancha.
Y entonces llegó el cuarto. Ya no hubo lugar para las dudas.
Brown fue superior, manejó los tiempos, encontró respuestas y terminó imponiendo una diferencia que refleja mucho más que un resultado. El 85-69 fue la confirmación de que aquella Banda que había quedado golpeada después del primer partido había conseguido reconstruirse desde adentro.
Eso, quizás, sea lo más valioso de este campeonato.
Brown no fue campeón porque haya tenido un camino sencillo. Fue campeón porque supo atravesar los momentos difíciles.
Tuvo temple para recuperarse del golpe del primer partido. Tuvo coraje para levantar un segundo juego que parecía perdido. Tuvo inteligencia para entender cómo debía jugar el tercer partido y recuperar la localía. Y tuvo personalidad para cerrar la serie cuando finalmente tuvo la oportunidad.
También tuvo hombres. Fabián Sahdí fue el conductor, el estratega, el diferente. El jugador capaz de entender dónde estaba el partido y llevarlo hacia allí.
Augusto Rossi dejó por momentos de lado su condición de goleador para ponerse el overol. Hizo lo que el equipo necesitaba: pausa, sacrificio, rebotes, entrega. Porque también hay grandes actuaciones que no aparecen reflejadas en una planilla.
Lautaro García volvió a ser ese jugador confiable que aparece en todos los casilleros. Sin necesidad de estridencias, mejoró sus números en la serie y aportó siempre. De esos jugadores que quizá no protagonizan todos los titulares, pero que terminan siendo imprescindibles para ganar un campeonato.
Joaquín Otier aportó la frescura. La juventud. La potencia. Y, sobre todo, una sangre fría que ya había dado una señal en aquel segundo partido y que terminó siendo uno de los símbolos de esta consagración.
Matías Ciuffo hizo lo suyo desde un lugar menos visible. De esos jugadores que parecen esperar en las sombras hasta que el equipo los necesita. Y cuando llega ese momento, están. Y detrás de todos ellos, Marcelo Richotti.
Una década ligada a la institución, una trayectoria enorme y una historia que ahora incorpora una página que le faltaba. Su primer campeonato al frente de Brown. Se lo merecía.
Hay títulos que se ganan con talento. Otros, con experiencia. Algunos, con una pelota que entra sobre la bocina. Y hay campeonatos que se ganan con todo eso junto, pero fundamentalmente con la capacidad de sobrevivir.
Este fue uno de esos. Guillermo Brown levantó la copa número 44 en la historia de la ABECh. La misma institución que durante décadas construyó una identidad alrededor del básquet volvió a demostrar por qué es el club más ganador de la competencia.
Lo hizo en una final interminable, en un torneo atravesado por polémicas y en una serie que parecía tener siempre una historia nueva para contar.
Por eso, cuando dentro de algunos años se recuerde el torneo “Eddie Roberson”, seguramente aparecerán las sombras de las discusiones, las protestas y las postergaciones. Pero, por encima de todo, quedará una imagen. La de Guillermo Brown campeón.