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El vínculo histórico de Ferro Carril Oeste con el fútbol chubutense
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El vínculo histórico de Ferro Carril Oeste con el fútbol chubutense

Cuatro décadas después, Gargini y Noremberg caminan las calles de Trelew y ven en la visita del cuadro de Caballito a Deportivo Madryn, este domingo, por la Primera Nacional, un eco de su propia historia.

Por Gustavo Gómez
Por REDACCIÓN SUPERDEPOR

 

Este domingo, cuando Ferro Carril Oeste pise el césped del campo Deportivo Madryn por la sexta fecha de la Primera Nacional, algo más que un partido estará en juego para dos hombres que comparten una amistad de más de 4 décadas.

Sucede que el viento de la Patagonia no solo arrastra arenas, también trae consigo historias que se niegan a desvanecerse con el paso del tiempo.  Entre charlas de café y abrazos de amistad, ellos revivirán como en un ritual eterno, la noche en la que Ferro se abrazó a la gloria.

Roberto Walter “Beto” Gargini y Hugo Mario Noremberg comparten más que una amistad. Los une una historia escrita en verde, teñida de gloria y esculpida en las páginas más doradas del fútbol argentino. Fueron parte de ese equipo de Ferro que, en tiempos de billeteras flacas y corazones grandes, desafió la lógica y venció al poder.

 

 

Aquella final del Nacional 1984 ante River en el Monumental no fue solo un partido más. Fue un manifiesto futbolístico. Un desafío a la jerarquía impuesta. El River de Pumpido, Francescoli, Gallego, Alonso y Alfaro era un coloso que parecía destinado a la victoria. Pero enfrente, Ferro tenía algo más que nombres: tenía una idea, una estructura inquebrantable y un compromiso absoluto con el juego.

Dicen que la perfección en el fútbol es esquiva, que los errores son inevitables y que el azar siempre juega su carta. Pero esa noche, si la perfección existió, vestía de verde. Ferro fue un equipo sólido, compacto, con un mediocampo que manejaba los tiempos y un ataque letal en el momento justo.

Héctor Cúper lideraba la defensa con la firmeza de un monolito, Oscar Garré era un baluarte inquebrantable, Adolfino Cañete ponía la pausa exacta, Víctor Marchesini era un motor inagotable, Beto Márcico un genio indescifrable. Y en ese engranaje preciso, estaban ellos, Gargini y Noremberg, escribiendo su propio capítulo en la historia del club.

Fue Noremberg quien marcó el segundo gol, una postal imborrable. Se dice que ya estaba desgarrado, que había sentido el pinchazo y que Timoteo Griguol preparaba el cambio. Pero en su primera chance, una asistencia mágica de Márcico lo encontró en el área, y con un remate seco y decidido, convirtió. No hubo queja ni lamento, solo el éxtasis del gol y el abrazo con sus compañeros. El dolor podía esperar.

 

 

El tercero, el que sentenció la noche, tuvo a Gargini como protagonista. Controló en el área, amagó, dejó en el camino a su marcador y cuando buscó el último regate, le cometieron penal. Fue el golpe final. El 3-0 fue más que un resultado: fue la coronación de una obra maestra.

A la semana siguiente, Ferro se consagraría campeón, pero en la memoria de los hinchas, la gloria quedó anclada en esa noche en el Monumental. No hubo festejo más puro ni partido más perfecto.

Hoy, cuatro décadas después, Gargini y Noremberg caminan las calles de Trelew y ven en la visita de Ferro a Madryn un eco de su propia historia. Tal vez en la tribuna, en la brisa que sopla del mar o en el grito de algún hincha, se escuche el murmullo de aquella final, el recuerdo de un Ferro que, esa noche, jugó el mejor partido de su historia.

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El vínculo histórico de Ferro Carril Oeste con el fútbol chubutense

Cuatro décadas después, Gargini y Noremberg caminan las calles de Trelew y ven en la visita del cuadro de Caballito a Deportivo Madryn, este domingo, por la Primera Nacional, un eco de su propia historia.

 

Este domingo, cuando Ferro Carril Oeste pise el césped del campo Deportivo Madryn por la sexta fecha de la Primera Nacional, algo más que un partido estará en juego para dos hombres que comparten una amistad de más de 4 décadas.

Sucede que el viento de la Patagonia no solo arrastra arenas, también trae consigo historias que se niegan a desvanecerse con el paso del tiempo.  Entre charlas de café y abrazos de amistad, ellos revivirán como en un ritual eterno, la noche en la que Ferro se abrazó a la gloria.

Roberto Walter “Beto” Gargini y Hugo Mario Noremberg comparten más que una amistad. Los une una historia escrita en verde, teñida de gloria y esculpida en las páginas más doradas del fútbol argentino. Fueron parte de ese equipo de Ferro que, en tiempos de billeteras flacas y corazones grandes, desafió la lógica y venció al poder.

 

 

Aquella final del Nacional 1984 ante River en el Monumental no fue solo un partido más. Fue un manifiesto futbolístico. Un desafío a la jerarquía impuesta. El River de Pumpido, Francescoli, Gallego, Alonso y Alfaro era un coloso que parecía destinado a la victoria. Pero enfrente, Ferro tenía algo más que nombres: tenía una idea, una estructura inquebrantable y un compromiso absoluto con el juego.

Dicen que la perfección en el fútbol es esquiva, que los errores son inevitables y que el azar siempre juega su carta. Pero esa noche, si la perfección existió, vestía de verde. Ferro fue un equipo sólido, compacto, con un mediocampo que manejaba los tiempos y un ataque letal en el momento justo.

Héctor Cúper lideraba la defensa con la firmeza de un monolito, Oscar Garré era un baluarte inquebrantable, Adolfino Cañete ponía la pausa exacta, Víctor Marchesini era un motor inagotable, Beto Márcico un genio indescifrable. Y en ese engranaje preciso, estaban ellos, Gargini y Noremberg, escribiendo su propio capítulo en la historia del club.

Fue Noremberg quien marcó el segundo gol, una postal imborrable. Se dice que ya estaba desgarrado, que había sentido el pinchazo y que Timoteo Griguol preparaba el cambio. Pero en su primera chance, una asistencia mágica de Márcico lo encontró en el área, y con un remate seco y decidido, convirtió. No hubo queja ni lamento, solo el éxtasis del gol y el abrazo con sus compañeros. El dolor podía esperar.

 

 

El tercero, el que sentenció la noche, tuvo a Gargini como protagonista. Controló en el área, amagó, dejó en el camino a su marcador y cuando buscó el último regate, le cometieron penal. Fue el golpe final. El 3-0 fue más que un resultado: fue la coronación de una obra maestra.

A la semana siguiente, Ferro se consagraría campeón, pero en la memoria de los hinchas, la gloria quedó anclada en esa noche en el Monumental. No hubo festejo más puro ni partido más perfecto.

Hoy, cuatro décadas después, Gargini y Noremberg caminan las calles de Trelew y ven en la visita de Ferro a Madryn un eco de su propia historia. Tal vez en la tribuna, en la brisa que sopla del mar o en el grito de algún hincha, se escuche el murmullo de aquella final, el recuerdo de un Ferro que, esa noche, jugó el mejor partido de su historia.

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